DISCURSO DEL SR. ANDRÉS NAVARRO AL RECIBIR EL PREMIO MEJOR IGNACIANO AÑO 2009
Queridas amigas y amigos,
Muchos de ustedes se habrán preguntado qué méritos tiene Andrés Navarro para recibir esta distinción que le han otorgado. Francamente, les confieso, yo me he hecho también la misma pregunta…
Y creo que la respuesta no va por el lado de los méritos, sino que definitivamente esto es un regalo. Uno más de los muchos que Dios me ha dado y los cuales nunca me cansaré de agradecer. Y es en este sentido que acepto este premio con alegría.
El primer regalo que recibimos es la vida misma.
Mis padres fueron un regalo, a quienes guardo una gratitud enorme desde mis primeros momentos de conciencia. Son un regalo mis hermanos, con los que nos cobijamos entre el cariño infinito de mi mamá, pilar fundamental de la fe que heredé, y la desbordante alegría y optimismo del papá
La vieja casa de la Gran Avenida, que a mi abuela le gustaba decir de El Llano Subercaseaux, donde me crié y aprendí a jugar es un regalo que no olvidaré jamás, con su inmenso patio, que para mí era una selva, un verdadero santuario de la naturaleza.
Mi entrada al colegio San Ignacio fue también un regalo, pues no logré pasar el examen de admisión. Fue solo gracias a un “pituto” de mi mamá que logré ingresar.
Mi colegio, mis profesores y mis amigos de esa época son un regalo maravilloso. Mi colegio, que me formó en los valores del espíritu ignaciano, mis profesores, grandes maestros que me enseñaron a aprender, y los padres jesuítas, que me inculcaron un modelo de vida y una forma de entender el Evangelio basada en las enseñanzas de San Ignacio, me marcaron todos profundamente. Y mis compañeros de curso, con quienes fui descubriendo los secretos de la vida y tejiendo una amistad de almas, que hasta el día de hoy perdura.
Otro regalo que recibí posteriormente y que nunca dejaré de agradecer fue mi paso por la Universidad Católica, mis compañeros y grandes amigos de ingeniería y amigos de otras carreras, con quienes trasnochábamos soñando por un Chile mejor, descubriendo que la verdad no es patrimonio de nadie sino que ha sido repartida en cada uno de nosotros.
Nuestro país, su gente y sus paisajes, su cordillera y su mar, han sido también un gran regalo.
También lo ha sido el tiempo de grandes transformaciones que nos ha tocado vivir. Hemos sido testigos – particularmente en nuestro caso que nos dedicamos a la computación – y en parte actores de un período de cambios sin precedentes, llevados a cabo con una rapidez inusitada, tanto en Chile como en el mundo entero.
Y el mejor de los regalos que he recibido es mi familia, mi querida Sonia y nuestros hijos y nietos maravillosos.
Pienso que no nos merecemos nada. Si lo que tenemos fuera porque lo merecemos, entonces, los que nada tienen ¿es porque se merecen la miseria? Desde luego que no, porque la vida misma es un regalo que no se nos da por méritos.
Entramos para aprender y salimos para servir es nuestro lema ignaciano. Y creo que la actividad empresarial que me ha correspondido desarrollar es una forma no solo legítima, sino que muy privilegiada de servir.
Un servicio que antes que nada es ponerse a disposición de Dios, para colaborar en su interminable plan creador, para generar oportunidades y producir bienes y servicios que contribuyan a una mejor calidad de vida de las personas.
En este sentido, me permito compartir con ustedes mi convicción de que para un empresario cristiano, la pobreza que hay en el mundo, la escasez de recursos y de oportunidades, las carencias en la educación y las desigualdades que esto ocasiona, constituyen un incentivo permanente para desplegar lo mejor de los talentos y creatividad que Dios nos ha regalado.
En relación con nuestro rol empresarial, no puedo dejar de mencionar las orientaciones que nos ha entregado la Iglesia para humanizar la empresa por medio de las encíclicas papales, desde la Rerum Novarum de León XIII hasta la reciente Caritas en Veritate.
En esta última, nos dice el Papa Benedicto XVI que la caridad en la verdad es la principal fuerza impulsora del desarrollo de la humanidad, invitándonos a buscar el sentido trascendente de nuestra vida en Dios y a poner a la persona en el centro de nuestra actividad, destacando en ello el valor de la gratuidad.
En los momentos más dificiles que me ha tocado enfrentar en mi vida, tanto en el plano empresarial como familiar, les confieso que me han resultado particularmente inspiradoras las palabras del Cardenal Carlo Maria Martini – eminente jesuíta por cierto -, cuando escribe sobre su admiración al Rey David:
“Lo que más me atrae de David es que su mayor coraje no lo demostró en sus éxitos, sino en la forma que sobrellevó las dificultades de la vida, las enemistades, los insultos, las traiciones. Luchó sin prestar atención a sus propias heridas, y dio su vida por cumplir la tarea encomendada por Dios. El rey David muestra a los jóvenes no solo un modelo de vida fascinante, sino que infunde coraje y valentía también a los hombres que ejercen tareas de dirección y liderazgo.”
Recibir un premio es siempre un motivo de satisfacción, pero especialmente una distinción como ésta representa, por una parte, un gran desafío para seguir creciendo y desarrollándome en la vocación de servicio y, por otra, un compromiso desde el fondo del corazón de mantenerme fiel a los principios que nos inflamó San Ignacio.
Para concluir, agradezco especialmente a quienes me eligieron como acreedor de este premio, de tanta significación para el mundo ignaciano.
En fin, tantos regalos, tantas alegrías, tantos dones recibidos, tanto cariño, y tanto que agradecer…
Muchas gracias.
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