Por: Pedro Pablo Díaz Herrera *
En los últimos días, muchos jóvenes ignacianos han llamado la atención de los medios por las distintas opciones que han tomado de cara a la campaña presidencial. ¿Es casual que personas formadas en instituciones jesuitas se comprometan con tanta fuerza y en posiciones diferentes?
Por esto, hoy cabe preguntarse, ¿en que estamos los Ignacianos hoy? La respuesta no es simple. El mundo ignaciano es amplio. Está presente en Universidades, Colegios pagados y gratuitos, revistas y publicaciones, el Hogar de Cristo, un Techo para Chile, en círculos académicos, en la empresa, en la política, sindicatos, Fuerzas Armadas, poblaciones, mundo de profesionales, reducciones indígenas, Centros de Espiritualidad, apoyando la vida de Fe de laicos y religiosos, con vistas a crear condiciones de vida mejores abiertas a la trascendencia. Queremos servir, pero no de cualesquier manera, sino a la manera de Cristo, porque somos hombres de fe con sentido de Dios, con vida de oración, siguiendo la máxima de San Ignacio de ser contemplativos en la acción, hoy diríamos en la vida de trabajo. Este es un rasgo esencial de la espiritualidad Ignaciana y que se conecta perfectamente con la pregunta que el Padre Hurtado urgía tener presente. ¿Qué haría Cristo en mi Lugar? Un Cristo que murió y resucitó y que nos acompaña cotidianamente. Cristo que fundó la Iglesia de la cuál formamos parte, y donde se manifiestan nuestras propias falencias, pero tal como el Señor lo prometió, asistida por su Espíritu Santo. Esta Iglesia tiene una cabeza –el Papa-, obispos sucesores de los primeros discípulos de Jesús, sacerdotes y laicos. Nos identificamos con ella, sufrimos con sus yerros, pero no nos escandalizamos, y trabajamos para que irradie el amor de Dios sin exclusiones. La espiritualidad Ignaciana prepara para vivir en condiciones complejas, a veces ambiguas, sin descalificar. Nos estimula a sentarnos en la misma mesa con quienes tienen otras ideas, creencias y valores, sin temores y sin odios, para buscar soluciones que beneficien a todos, empezando por los más necesitados y desamparados. La espiritualidad de San Ignacio es la espiritualidad del discernimiento que nos permite establecer la diferencia entre el error y el que lo comete. Esto no significa tener una identidad vacilante, sino tener presente que Dios creó hombres libres que progresivamente van encontrando su camino hacia Él, y que al final es Dios mismo quien hace la cosecha. Todos nos necesitamos y en todos se refleja la verdad de Dios. Pero también sabemos que hay verdades a medias y falsedades flagrantes. No todo está construido, pero hay mucho vivido y reflexionado. Nos identificamos con la Iglesia Católica , con su jerarquía y sus enseñanzas. Nos sentimos cerca de los pobres y, junto a los jesuitas, llamamos pobres a los que lloran entre los que ríen, a los enfermos entre los que tienen salud, a los marginados entre los integrados, a los niños que no aprenden entre los que progresan y superan sus puntajes; a los difamados entre los que gozan de prestigio ; a los impotentes entre los dotados de influencia; a los perseguidos entre los que viven tranquilos o son intocables ; a los que no tienen ninguna oportunidad entre los que pueden elegir entre varias; a los desesperados entre los que sueñan con el futuro o lo tienen asegurado. Los pobres, para nosotros Ignacianos, son los últimos en relación a los primeros. Compartimos el diagnóstico de que vivimos en un mundo traspasado por abusos e injusticia. No sólo en el plano económico dónde son más visibles, sino también en las relaciones domésticas, cuando se instala en ellas el abuso y la deslealtad. Sin embargo, estamos convencidos que se puede y se debe trabajar cotidianamente por mejorar el mundo. No estamos ciegos, y vemos y palpamos el desproporcionado amor al dinero que nos corroe con su secuela de distorsiones. No estamos ciegos, para ver que muchas veces vivimos una Fe nominal, funcional para conseguir pequeños éxitos, e instalarnos donde no estamos convencidos, sin jugarnos por causas más amplias que eventualmente pudiesen amagar nuestras propia situación. Creemos con el Papa –en sus reflexiones sobre la parábola del hijo pródigo- que vivimos en una sociedad de huérfanos, sin saber quién es el verdadero Padre y verdadero dueño. Esta falta de conciencia nos quita fuerza y libertad para movernos en pos de causas más amplias. Menos pendientes de halagar a los jefes políticos, empresariales, o al emperador de turno en el espacio que nos toca desenvolvernos. No promovemos la anarquía, respetamos las jerarquías, subrayando que la colaboración debe ser leal, debe ser honesta y respetar los derechos de todos. No creemos en las posturas o afirmaciones “políticamente correctas”. No creemos en adular a jóvenes que viven la vida sin asumir sus responsabilidades. Jóvenes –y también adultos- criados al alero de teleseries, incapaces de mantener sus compromisos en el tiempo. No creemos en quienes aceptan la tortura, ni el aborto ni la eutanasia, basados en visiones parciales que aducen como justificación un conocimiento exhaustivo de la realidad. Rechazamos las propuestas superficiales, cuando no irresponsables. Ponen en jaque el futuro, las familias y el desarrollo de un progreso adecuado. La Iglesia lo ha expuesto con claridad y somos fieles a ella. Creemos que con el esfuerzo de todos, y la ayuda constante de Dios se pueden buscar soluciones honorables -a la altura del hombre- a los problemas que nos acucian y construir un mundo mejor. Afirmamos que la Iglesia es experta en humanidad, es decir que conoce al hombre en su ser más profundo, que conoce su origen ,su vocación y destino, que conoce su dignidad. Por eso exige que se le trate conforme a ésta. Que se le permita obtener un ingreso familiar justo y moralmente ético, que se le den oportunidades para desarrollarse laboralmente, trabajamos con los jóvenes para que puedan construir familias estables, apoyamos a las víctimas de las drogas, defendemos la vida de los que están por nacer. Los ignacianos compartimos estos criterios y trabajamos por darles forma. Sugerimos leer al Cardenal Renato Martino –presidente del Consejo Justicia y Paz de El Vaticano- quien en su vista a Chile el año 2008 , afirmara en una separata incluida en la Revista Mensaje (que recomendamos leer mes a mes)…”La Iglesia no hace política, pero posee una doctrina iluminadora sobre la política, capaz de desatar algunos de los nudos que le impiden ejercer su auténtica función, es decir, de proporcionar a la convivencia humana una arquitectura marcada por el bien común”.
…”La democracia verdaderamente útil para la maduración de una comunidad humana (sea a nivel local, pero sobre todo global) es, por lo tanto, la que se entiende no sólo como libertad política electoral, no sólo como paridad en el debate público, sino también y sobre todo como tutela y desarrollo de la persona. Pero pienso que es precisamente en este punto que emerge el problema más espinoso de hoy: ¿Cuál persona? O mejor dicho: ¿Cuál concepción de persona? Yo doy una respuesta muy precisa: la concepción de persona que resulte más “inclusiva”.
Preparase para este debate en una comunidad plural son parte del desafío del Ignaciano de hoy. Creemos que todos los temas son conversables, es de la esencia de la vida cristiana reconocer la verdad donde está y ayudar a su desarrollo y asumirla cuando corresponda. Y también ser capaces de identificar y si es preciso denunciar los engaños donde se presentan. En esto estamos los ignacianos hoy.
* Presidente Confederación Latino Americana
Ex alumnos Jesuitas
www.laicosignacianos.cl